Cosas de críos

Si yo fuera adepto a las explicaciones freudianas, diría que nuestra civilización, al menos en su capítulo europeo, ha alcanzado la fase edípica, o sea, la de matar al padre. Naturalmente, tras dos milenios de existencia, habría que reelaborar la teoría para encajarla, no en la primera infancia de la formulación freudiana, sino en la segunda, la de los viejos pueriles, la "segunda inocencia que da en no creer en nada", como definió Antonio Machado.

Comenzó 2016 con algunos ilustrativos ejemplos de esta pulsión parricida. Uno lo dieron los ediles de ciudades como Madrid, Valencia y otras, que detestan la Navidad porque es una fiesta cristiana e hicieron todo lo posible por aguarla con elementos traídos del respetable mundo del circo y del tradicional desbarajuste -¡ay!, también cristiano- del carnaval, incluida su versión política. Quiérase o no, todo en nuestro entorno es cristiano, o precristiano cristianizado, qué le vamos a hacer. Yo soy, a buen seguro, tan sinceramente ateo como los susodichos ediles, pero no veo por qué habría de renegar de tradiciones tan arraigadas como los belenes o los Reyes Magos ni arremeter contra las procesiones de Semana Santa, que supongo que reavivarán la malquerencia filial a finales de marzo. No hace falta ser creyente para respetar y preservar nuestra mitología y sus expresiones. ¿Por qué habríamos de venerar las mitologías egipcia, griega, romana celta y proscribir la mitología que ha inspirado nuestro arte, nuestra literatura y –mal que pese a los renegados- nuestro sistema de valores y libertades?

Los tres Reyes Magos de mi infancia venían de Oriente en unos camellos cargados de regalos. Esos mismos tres Reyes Magos siguieron trayendo ilusión a mis hijos que, por cierto, no están bautizados. Más que los regalos, lo primero que interesaba comprobar a mis hijos era si los camellos habían bebido el agua del cubo preparada expresamente para ellos y si Melchor, Gaspar y Baltasar se habían tomado las tres copas de champán que habíamos puesto la noche anterior en la terraza. Es el prestigio del mito, consolidado generación tras generación, su encaje en el universo mágico infantil. ¿Era indispensable romper esa tradición en Valencia para introducir tres Reinas Magas sacadas de la antimonárquica Revolución Francesa y llamadas Libertad, Igualdad y Fraternidad? ¿Qué van a comprobar ahora los niños en la mañana de Reyes (digo, de Reinas), el rastro de sangre de la guillotina?

Apenas pasado nuestro prematuro antruejo de Reyes, la revista Charlie Hebdo conmemoró el primer aniversario de la matanza de sus dibujantes a manos de un comando islamista con una portada que ni el más imaginativo correligionario de los terroristas podría mejorar: una representación del Dios cristiano, tal como lo concibe nuestra iconografía tradicional, huyendo ensangrentado con un fusil a la espalda, bajo el siguiente rótulo: “Un año después, el asesino sigue suelto”. ¡El asesino, nada menos! Precisamente, el hecho de ser cristianos es lo que nos hace “infieles” y “ajusticiables” a los ojos de los fundamentalistas islámicos que ponen bombas y disparan a discreción en París. Aunque la portada del aniversario es un ejemplo insuperable de cinismo, la prensa pasó piadosamente de puntillas sobre ella. Y los políticos, que un año antes se habían volcado en defensa de Charlie, guardaron un atronador silencio ante esta bofetada a nuestra civilización, probablemente también porque prevaleció el recuerdo compasivo. Pero, mal que les pese, los redactores de Charlie Hebdo son ramas del mismo tronco común... cristiano, el que evolucionó desde el fanatismo religioso hacia el Estado laico y la libertad de expresión. La buena nueva para ellos es que, a diferencia de lo ocurrido con los seguidores de Mahoma, los seguidores de Cristo no irrumpirán en su redacción para ametrallar a los autores de la viñeta conmemorativa.

En febrero, la visita del presidente iraní Rohani a Italia, volvió a poner de manifiesto nuestras contradicciones edípicas. En el corazón de la Cristiandad, en el museo público más antiguo del mundo, las autoridades cubrieron con cajas de madera las estatuas desnudas de la Grecia clásica para no ofender la sensibilidad islámica de su visitante. Lo cual, en sí mismo, y fuera del actual contexto de cisma esquizoide ilustrado por los dos ejemplos anteriores, podría haberse quedado en una mera deferencia del anfitrión hacia su invitado. Lo que hace singular este caso es que, para nuestra quinta columna antisistema, el enemigo es la civilización cristiana que, durante dos mil años, ha preservado y protegido como sus más preciados tesoros esas copias de Lisipo y Praxíteles; y el amigo, la civilización islámica que las considera abominables y que, al paso que van las cosas, tal vez un día acabe destruyéndolas.

En mayo del 68, los rebeldes de la Sorbona sólo tenían clara una cosa: romper con el pasado y menospreciar, desde su cómoda situación de niños bien vestidos y alimentados, el estoicismo de la generación de sus padres, capaz de pasar hambre y dormir al raso. Su única seña de identidad era esa: romper con el pasado, ellos, los afortunados herederos, la primera generación verdaderamente privilegiada de la vieja Europa. "Corre, camarada, el viejo mundo está detrás de tí", rezaba uno de sus lemas. Los émulos actuales de aquella movida asamblearia siguen el mismo principio: apuntarse a una estrategia de “progreso” que es, básicamente, ruptura y menosprecio de los valores tradicionales. O sea, renegar de casi todo lo que nos ha hecho prósperos. Un lento parricidio perpetrado a base de pequeños alfilerazos mezquinos. Peter Pan jura vengarse del malvado Capitán (léase Capital) y los niños aplauden entusiasmados. En el horizonte prometido, una tierra de Jauja donde todo va a ser gratis total por el simple hecho de desearlo intensamente. Puro voluntarismo infantil. Cosas de niños.

Añadiduras

Bipartidismo vs. antisistema

Eran tiempos difíciles... Los vecinos de la aldea se reunieron, como hacían cada año al acabar la cosecha, para elegir al conductor de la carreta que llevaría su precioso cargamento a la planta envasadora. El sudor de todo un año se apilaba en aquella carreta cargada de azafrán. El conductor de la carreta era el responsable de que el cargamento de oro rojo llegara a su destino y de obtener el mejor precio posible por su venta. Uno de los candidatos a carretero dijo: "Yo llevaré la carreta por el mismo camino de siempre". Su rival más directo dijo: "Yo llevaré la carreta por el mismo camino de siempre, pero evitaré ciertos tramos difíciles dando rodeos más o menos largos". El tercer candidato exclamó con mucho aplomo: "Yo sacaré la carreta del camino y la llevaré dando tumbos campo a través; algunos días caminaré hacia adelante y otros hacia atrás, y finalmente meteré la carreta en algún barrizal o barranco donde quede atascada".

Os parecerá increíble, pero la tercera parte de los vecinos del pueblo dieron su voto al tercer candidato.

Efebocracia

La izquierda parlamentaria española, siguiendo el ejemplo de Austria y Noruega, se ha mostrado partidaria de rebajar la edad de voto a los 16 años, tal vez dando por descontado que ese voto adolescente es de izquierdas.

Nada más lógico que esa propuesta en una época en que la política, especialmente si es de "progreso" y de "cambio", se hace para los adolescentes de todas la edades: mensajes simples y muy repetidos, divisiones claras entre buenos y malos, soluciones fáciles a problemas difíciles, un mundo feliz al alcance de la mano y, sobre todo, esfuerzo mínimo y recompensa inmediata. Tenerlo todo y tenerlo ya. Gratis total, por supuesto.

En la región suiza de Basilea, estudiantes musulmanes de secundaria, invocando tradiciones islámicas que prohiben el contacto físico con la mujer, se han negado a dar la mano a sus profesoras y han pedido que se les reconozca ese derecho en nombre de su religión. Por supuesto, su petición ha sido aceptada de inmediato por las autoridades académicas.

En Madrid como en Basilea, la política para adolescentes de todas las edades es la misma: satisfacer exigencias inmediatas y no pensar en sus consecuencias futuras, sobre todo si son desagradables.