Crítica de la emoción pura

Una de las guerras más viejas del mundo es la guerra entre el corazón y la cabeza. A veces, el corazón dice: de buena gana lo dejaría todo y no volvería a trabajar. Pero la cabeza corrige: si dejo de trabajar, no tendré con qué vivir. En general, el individuo particular sabe administrarse a sí mismo, y las guerras entre el corazón y la cabeza suelen resolverse con la victoria de la segunda. En cambio, el ente colectivo suele extraviarse más fácilmente por los derroteros del corazón.

"El corazón tiene razones que la razón no entiende", dejó escrito Blas Pascal en el siglo XVII. Cuando formuló este aforismo, Pascal estaba pensando en las misteriosas "razones de la religión", totalmente incompatibles con las "razones de la razón". La frase puede aplicarse también a las nuevas religiones laicas. Si hay un rasgo universal, cada vez más presente en la evolución de la cultura occidental desde hace medio siglo, es su creciente emocionalidad. O visto desde un ángulo más negativo, su menguante racionalidad. Casi todas las grandes decisiones de política vienen ahora acompañadas de un fuerte componente emocional. Es la forma más directa y barata de llegar a las grandes masas del bienestar y el voluntarismo. Ciertos partidos políticos quieren rebajar la edad de sufragio a los 16 años. Sin duda, porque su programa es básicamente emocional y fácil de vender a los adolescentes.

La ovación cerrada con que los líderes mundiales premiaron la bronca que les echó la adolescente Greta Thunberg es un magnífico ejemplo de esta completa inversión de roles entre lo emocional y lo racional. Los adolescentes de todas las edades señalan ahora a sus líderes el camino emocional que deben seguir: para ganar nuestro voto no hacen falta programas bien fundados, basta con que repitáis las bonitas consignas que nunca nos cansamos de escuchar y los nuevos dogmas de fe que profesamos para tener tranquila nuestra conciencia y alcanzar nuestro paraíso ecológico, feminista y multicultural.

En realidad, el milenarismo del cambio climático es básicamente una apelación a las emociones que los políticos utilizan, a falta de algo mejor, para revitalizar sus programas. Las profecías catastrofistas no se cumplen, está ocurriendo más o menos lo que ha ocurrido en otros períodos históricos y el peor horizonte posible (que la temperatura media aumente en 2 grados respecto de niveles preindustriales, según el IPCC) probablemente tiene más ventajas que inconvenientes. Pero mientras la llama emocional del tema climático se mantenga viva, con la ayuda conjunta de periodistas y políticos, seguiremos oyendo hablar del apocalipsis inminente a todas horas. Tal vez, con el paso del tiempo, el aburrimiento y el desencanto irán dejando sentir sus efectos y, poco a poco, el tremendo problema del clima caerá poco a poco en el olvido, como le ocurrió a su predecesor, el problema de la capa de ozono. Para entonces habrá aparecido un nuevo cometa emocional en el horizonte.

Obviamente, si Greta hubiera tenido que asearse los domingos en un balde de agua fría previamente acarreada desde la fuente y vivir en una casa sin calefacción donde sacar la cabeza de debajo de las mantas era un acto no exento de heroísmo (por echar mano de algunos recuerdos de mi infancia), se lo pensaría dos veces antes de anatematizar a una sociedad que le ofrece, entre otros lujos, el de de cruzar el Atlántico en un barco ultramoderno para leer su catecismo ecológico en la sede de la ONU.

Pero las emociones mandan. Y así vimos el espectáculo monstruoso de los poderosos del mundo aplaudiendo sumisos a una mocosa que los insulta. Quizás por miedo al temido pie de foto que dijera: Fulanito permanece cruzado de brazos mientras los demás aplauden a Greta. O dicho de otro modo: la razón y el sentido común permanecen cruzados de brazos mientras las emociones caóticas aplauden. Veinte catedráticos exponiendo sus argumentadas conclusiones a lo largo de dos días no hubieran logrado ni la centésima parte del efecto obtenido por Greta en su sollozante intervención de dos minutos.

Otro ejemplo de puro voluntarismo emocional es la actitud ante la inmigración ilegal. La razón nos dice que Europa no puede acoger a todos los africanos que quieran venir; que el hecho de forzar nuestras puertas por medios ilegales no puede convertirse en un derecho a quedarse; que si se reconoce ese derecho de entrada a los allanadores, habrá que reconocérselo igualmente a todos los demás que quieran venir; que los actuales 1.200 millones de africanos serán el doble dentro de 30 años; que la mejor forma de ayudar a África será con programas de formación en nuestras universidades y escuelas o en las que se establezcan allí, pero no importando gente para que pida limosna a la puerta del supermercado; que una bolsa de población no integrada es una bomba de relojería que estallará tarde o temprano; que el efecto llamada será causa de más naufragios y ahogamientos, etc. De nada sirven esos razonamientos ante la emoción positiva y fugaz de ejercer la caridad, la limosna que nos hace sentirnos mejores, eso sí, siempre que la marea africana no llegue a nuestra casa ni los recién llegados se acerquen demasiado a nuestro círculo de confort.

Otro claro ejemplo, y con esto acabo ya, son los toros. Vaya por delante que yo nunca he asistido a una corrida, ni tengo intención de hacerlo. Pero la razón me dice que, en aras de la tan ponderada biodiversidad, nuestra dehesa y la raza del toro bravo deberían preservarse. Son la joya de nuestra corona ecológica. Y la corrida es, a su vez, un compendio de técnicas tradicionales único en el mundo, un rito ancestral insustituible. Y un marco de inmolación mucho más digno que el matadero. Si pudiéramos hacer una encuesta entre los toros de lidia, estoy seguro de que todos preferirían esa vida de cinco años en su paraíso natural (la dehesa), coronada por una muerte noble en la plaza, a la opción de ser sacrificados con diez meses de edad en la sordidez del matadero. Quizás puedo entender esto sin problema porque pertenezco a la última generación rural que conoció la ganadería de subsistencia, un mundo en el que era necesario sacrificar aquellos cabritillos tan simpáticos que, si te agachabas, trepaban sobre tu espalda, porque era la única forma de alimentarse y sobrevivir. Pero, claro, todo esto son paparruchas para las nuevas generaciones emoticónicas, cuyas lejanas referencias del mundo natural son las criaturas de los videojuegos y las películas.

monstruos

Mientras la razón busca soluciones basadas en la objetividad, la emoción es una densa niebla que nos borra el horizonte y nos aleja del mundo real. Proclamar "Welcome refugees" está muy cerca de nuestros sentimientos buenistas, pero muy lejos cualquier solución para los 1.200 millones de africanos que serán el doble mucho antes de que los nuevos votantes se jubilen. Al Gore, gran adelantado de la posverdad, ganó el premio Nobel con sus profecías distópicas, muy emotivas, pero falsas. En el célebre “capricho” dibujado por Goya, el sueño de la razón produce monstruos. En nuestra presente Disneylandia, los monstruos tienen cara amable, son emociones conmovedoras y solidarias. Pero el sueño de la razón sigue siendo igual de peligroso y el despertar puede ser muy amargo.