Eurobabel

La construcción europea tiene, desde sus inicios, un claro talón de Aquiles: la política lingüística, o tal vez la falta de ella, la inexistencia de la voluntad política necesaria para potenciar una lengua franca, superpuesta a las lenguas nacionales, que haga posible el funcionamiento fluido de las instituciones comunes y la progresiva integración de todo el cuerpo social europeo.

Los fundadores de la nueva Europa, y sus continuadores después, han dado prioridad a los aspectos económicos, a la unión aduanera y monetaria. O dicho con palabras de Jorge Manrique, han puesto viva diligencia “en componer la cativa, dejándonos la señora descompuesta”. Por ahora, la Unión Europea es poco más que un marco económico. La prueba está en que, apenas sobrevenida la primera crisis económica seria, la Unión ha estado a punto de resquebrajarse. Y es que la solidez de los lazos económicos depende demasiado de que haya beneficios recíprocos. La creación de un tejido social resistente y duradero requiere otros aglutinantes.

La realidad de las fronteras europeas es más idiomática que geográfica o política. Las guerras europeas de los últimos siglos -excluidas las bochornosas reyertas civiles españolas- se libraron entre naciones que hablaban distintos idiomas. El sustrato de los nacionalismos que atizaron esas contiendas fue el idioma. Quiérase o no, los idiomas son factores de exclusión y aislamiento. El autor del Génesis ya lo vio así, cuando explicó el origen de los idiomas en el episodio de la Torre de Babel. Dijo Yahvé: “Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma ... y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos.”

Hace 2.000 años, en los albores del Imperio Romano, la mayor parte de la actual Europa hablaba ya un mismo idioma: el latín. Las lenguas prerromanas habían desaparecido casi por completo. Y nadie las echaba de menos. La superposición del latín a las lenguas prerromanas reportó innegables ventajas a los pueblos europeos. Difícilmente se podrían concebir sus avances y progresos si, en la época de Augusto, cada una de las provincias del imperio hubiese seguido compartimentada en una multitud de idiomas y dialectos. Por suerte para las letras, el turdetano hacía tiempo que había sido sustituido por el latín cuando los cordobeses Séneca y Lucano aprendieron a leer y escribir.

En general, se considera que el idioma es un activo cultural, algo muy valioso. Grandes iniciativas mundiales, por ejemplo de la Unesco, tratan de preservar ese, al parecer valiosísimo, patrimonio que representan los 6.000 idiomas más o menos vivos del planeta, algunos de ellos hablados tan sólo por varios centenares, o incluso algunas decenas, de personas. No seré yo quien se oponga a tan generoso empeño. Pero tampoco perderé de vista el elemento práctico: bien está conservar las hachas de piedra en los museos, pero sin pretender que sustituyan en el taller a las modernas herramientas eléctricas.

En el orden práctico, y dejando de lado las valoraciones arqueológicas, no veo qué ventajas encierra decir la palabra “mesa” de 6.000 maneras distintas ni de qué forma esa redundancia enriquece nuestro pensamiento o nuestra vida cotidiana. En cambio, sí veo los problemas de comunicación que causa y los cismas políticos que genera.

Al parecer, en Papua Nueva Guinea se hablan más de ochocientos idiomas, y en Nigeria más de quinientos. Según la teoría de la riqueza idiomática, esos serían los países más acaudalados del planeta, y no veo inconveniente en que preserven y cuiden ese patrimonio. Pero, por fortuna, ambos países tienen el inglés como lengua vehicular que les permite salir del islote ancestral y organizar un marco común de convivencia.

Esa ventaja papú o nigeriana es la que falta en Europa. Casi con total seguridad, entre Boston y Nueva Orleans hay más diferencias económicas y culturales que entre Berlín y Roma. Pero es obvio que cualquier tipo de intercambio cultural o político es más fácil entre las dos primeras que entre las dos segundas.

Imaginemos por un momento que en la Península Ibérica sólo se hablara uno de estos dos idiomas, portugués o español. Si todos los españoles hablasen portugués y todos nuestros clásicos hubiesen escrito en portugués, y en todas las antiguas colonias españolas se hablase portugués, ese activo supuestamente tan valioso sería, en nuestro caso, el portugués. Y viceversa, la hipótesis es igualmente válida para los portugueses. En cualquiera de los dos supuestos, tanto si el Quijote se hubiese escrito en portugués como si Os Lusiadas se hubiese escrito en español, portugueses y españoles seríamos igual de ricos idiomáticamente, pero tendríamos la ventaja añadida de poder entendernos más fácilmente entre nosotros. Lo mismo es aplicable a los restantes países vecinos. Y a los que están un poco más lejos.

Es decir, tener más idiomas no nos enriquece culturalmente, pero nos aísla y enemista más fácilmente. La unificación a través del latín fue nuestro verdadero enriquecimiento, y el proceso subsiguiente, la fragmentación en el centón lingüístico medieval, fue una recaída en la pobreza, como la desintegración sucesiva de una gran hacienda en numerosos minifundios cada vez más irrelevantes y antieconómicos. Ahora estamos muy orgullosos de nuestras diversas lenguas maternas, que son nuestra patria mental, pero lo estaríamos igualmente si nuestra lengua materna hubiese seguido siendo el latín y, de Cádiz a Bagdad, pudiésemos entendernos en esa lingua franca sin necesidad de intérpretes. Intelectualmente, no seríamos más ricos ni más pobres por seguir leyendo el Satyricon tal como salió del cálamo de su autor y a Vargas Llosa en latín.

Con esto no estoy abominando de las lenguas nacionales. El castellano es la fragua de mis ideas, el latido de mi cerebro, mi respiración involuntaria y esencial. Pero no me basta para trabajar en Varsovia o votar las propuestas políticas de un polaco. Por eso creo que la construcción de una Europa unida requiere una política de segundo idioma común que hasta ahora, si la ha habido, ha sido muy tibia. La historia nos enseña que no hay que tener miedo a un futuro más o menos bilingüe o incluso, si le damos tiempo al tiempo, monolingüe. Europa sólo estará verdaderamente integrada y vertebrada cuando todos sus ciudadanos, empezando por sus políticos, puedan entenderse directamente. La imagen de los parlamentarios europeos debatiendo en 24 idiomas con intérprete interpuesto es sintomática del escaso entusiasmo que ponen los gobiernos en la construcción de Europa. En particular, en el caso español: según esta lista de países clasificados por el porcentaje de su población que habla inglés, España es el país más incomunicado de Europa.

Cuando, a mediados del siglo XIX, Victor Hugo soñaba con los Estados Unidos de Europa, e incluso en los albores del siglo XX, cuando Stefan Zweig se hacía eco del mismo sueño y daba por hecho que la unificación era el destino natural de Europa, el idioma vehicular de las élites europeas era el francés. Hoy esa primacía, a un nivel más amplio y popular, corresponde al inglés, que además de ser la segunda lengua más hablada en Europa es la pasarela hacia el resto del mundo.

Si, durante el último medio siglo, los dirigentes europeos hubieran dedicado a la promoción del inglés como lengua vehicular tantos recursos como han dedicado algunos dirigentes regionales a promover sus lenguas locales, los engranajes de la Unión Europea funcionarían con mucha más eficacia y los europeos serían verdaderos “conciudadanos”. Y viceversa, si nuestros nacionalismos peninsulares, que se han volcado en potenciar sus lenguas locales como instrumentos de identidad política, hubieran destinado esos recursos a potenciar el inglés, ahora tendrían comunidades menos castizas y vernáculas, pero con un horizonte mucho más amplio y abierto a Europa y al mundo. Cosa que, por cierto, también da dinero.

La Europa oficial parece plenamente abonada a la teoría enriquecedora del multilingüismo. La moda de la diversidad y la multiculturalidad hace que nos importe más el simulacro de la unidad heterogénea que la realidad de la unidad homogénea. Europa, o al menos la Europa oficial, se complace en su modelo babélico, quizás porque tampoco tiene una voluntad clara de unidad política que haga indisoluble el tándem lengua-imperio certificado ya por Antonio de Nebrija a finales del siglo XV. Cuando Europa ponga verdadero empeño en crear un marco idiomático común, cobrará sentido la frase del Génesis: “todo lo que se propongan lo podrán lograr”.