Crítica de la emoción pura

Una de las guerras más viejas del mundo es la guerra entre el corazón y la cabeza. A veces, el corazón dice: de buena gana lo dejaría todo y no volvería a trabajar. Pero la cabeza corrige: si dejo de trabajar, no tendré con qué vivir. En general, el individuo particular sabe administrarse a sí mismo, y las guerras entre el corazón y la cabeza suelen resolverse con la victoria de la segunda. En cambio, el ente colectivo suele extraviarse más fácilmente por los derroteros del corazón.

"El corazón tiene razones que la razón no entiende", dejó escrito Blas Pascal en el siglo XVII. Cuando formuló este aforismo, Pascal estaba pensando en las misteriosas "razones de la religión", totalmente incompatibles con las "razones de la razón". La frase puede aplicarse también a las nuevas religiones laicas. Si hay un rasgo universal, cada vez más presente en la evolución de la cultura occidental desde hace medio siglo, es su creciente emocionalidad. O visto desde un ángulo más negativo, su menguante racionalidad. Casi todas las grandes decisiones de política vienen ahora acompañadas de un fuerte componente emocional. Es la forma más directa y barata de llegar a las grandes masas del bienestar y el voluntarismo. Ciertos partidos políticos quieren rebajar la edad de sufragio a los 16 años. Sin duda, porque su programa es básicamente emocional y fácil de vender a los adolescentes.

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Tanto Darwin para nada

La mayoría de los mamíferos tienen sangre caliente, pelo, dientes, cuatro extremidades y columna vertebral. La evolución los hizo así y, en general, estamos de acuerdo con ese resultado. Naturalmente, podríamos tener preferencia por otro tipo de mamíferos. Por ejemplo, con más extremidades o con capacidad para volar. Gatos con ocho patas, como las arañas. O con dos patas y dos alas, como los pájaros. Cerditos voladores, unicornios, cancerberos... Podríamos decir: la naturaleza se equivocó con los mamíferos, otro tipo de mamíferos es posible. Y abrir una apasionante línea de debate científico y político.

La evolución también decidió por su cuenta que los mamíferos tuviesen una forma específica de perpetuar las especies, llamada reproducción sexual. Para ello hubo de diferenciar entre machos y hembras, dotar a cada sexo de los atributos y órganos más útiles para el desempeño de sus funciones respectivas y, en particular, de una intensa tendencia a utilizarlos como medio de procreación. Esa tendencia, que llamamos instinto sexual, fue un elemento indispensable de supervivencia. La evolución se volcó en ese tipo de tareas durante millones de años, siempre orientada hacia sus objetivos de selección, mejora y perpetuación de las especies.

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El planeta violeta

No se sabe con exactitud en qué época apareció en el firmamento. Algunos aseguran que a finales del siglo XIX, a rebufo del cometa marxista; otros, que en fecha posterior. Primero fue una presencia anecdótica, una excentricidad decimonónica, un asteroide casi inapreciable. Pasó prácticamente desapercibido mientras el siglo XIX mantenía sus duras condiciones laborales en las fábricas, en las minas, en la construcción. Quedó semiolvidado en la primera mitad del siglo XX, mientras la flor y nata de la virilidad europea perecía en revoluciones y guerras. Pero llegó la prosperidad, el bienestar, el crecimiento desmesurado del sector de servicios, el ocio, el aburrimiento... La galaxia socioeconómica creó el caldo de cultivo idóneo para el desarrollo del planeta violeta, que empezó a absorber con avidez la nueva sopa de estrellas o sopa boba astronómica (llamada así por sus cifras estratosféricas). Poco a poco, el planeta violeta se convirtió en un verdadero agujero negro captador de recursos, presupuestos y subvenciones.

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Reflexiones de un ateo sobre la cristianofobia

"Cosette y Marius cayeron de rodillas, inundando de lágrimas las manos de Jean Valjean; manos augustas, pero que ya no se movían... Estaba muerto. Era una noche profundamente oscura; no había una estrella en el cielo. Sin duda, en la sombra, un ángel inmenso, de pie y con las alas desplegadas, esperaba su alma."

Con estas palabras se cierra el relato de Los Miserables, de Victor Hugo. Un monumento literario construido, de la base a la cima, con las más intensas preocupaciones sociales. Una mirada de infinita piedad hacia el destino de los desfavorecidos. Y una verdadera catedral de pensamientos profundamente cristianos, donde el proscrito Jean Valjean, con tantos motivos para dejarse arrastrar hacia el rencor y el odio, elige el camino cristiano de la abnegación absoluta y opta por hacer el bien sin mirar a quién, incluso a sus enemigos más encarnizados.

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Elogio de la desigualdad

La historia de la desigualdad empezó hace varios millones de años, cuando ciertos antropoides a los que se remonta nuestro abolengo optaron por bajar de los árboles y caminar erguidos. Como a ras de suelo había peligrosos depredadores que te podían devorar, hubo que organizarse. Evolutivamente, se entiende. Con paciencia milenaria. Las hembras bastante tenían con quedar preñadas, parir, amamantar y criar, así que los machos empezaron a encargarse de la protección del grupo. Ya en esa etapa preliminar quedó claro que los machos eran el sexo barato y prescindible, mientras que las hembras eran el sexo caro, el que aseguraba el futuro de la especie. Si moría un macho, se perdía un único individuo. Si moría una hembra, se perdían además tantos individuos como partos potenciales llevara a término esa hembra a lo largo de su vida fértil, pongamos seis u ocho. El interés de la especie pasaba por que los machos fuesen cada vez más fuertes y agresivos y pudiesen así preservar el mayor número de vidas de hembras y crías frente a los depredadores. Es decir, la supervivencia de la especie dependía de ese dimorfismo sexual y de esa desigualdad radical entre machos y hembras.

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